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viernes, 27 de abril de 2018

Descentrados

Daniel llegó puntual a la cervecería. Luego cayó Federico.
Daniel: ¡¿Que hacés Fede?!
Fede: Bien, bien. Tranquilo. ¿Vos?
D: Bien, también. Gracias.
F: ¿Nos sentamos acá?
D: No, está muy en el centro. No me gusta el centro. Mejor en aquel rincón.
F: Bueh, dale. ¿Qué tenés con el centro? ¡Qué quisquilloso!
D: No, en realidad es toda una postura filosófica. Luego te explico.
F: Uh, cagamos.
D: Jaja, tranqui. Ahora te cuento. Es una teoría filosófica que estoy elaborando y que creo voy a denominar “Nulocentrismo”.
F: ¿Nuloqué?
D: Nulocentrismo. O sea, nada en el centro.
F: ¿Y eso? ¿Con qué se come?
D: Ahora te explico, pero antes pidamos unas cervezas.
F: Dale y una pizza.
D: No pizza, no. Porque son circulares y me remiten a un centro.
F: Ah bueno. Pero te estás obsesionando mal. ¿No será mucho?
D: No, es muy importante. Creo que hay que trabajar y ejercitarse diariamente para dejar de pensar en un cosmos centralizado.
F: Ah bueno, siempre estuviste medio loco. Pero últimamente estás para medicarte me parece…
D: Esperá que te explique y lo vas a entender.
F: A ver, dale. Contame un poco.
D: Bueno, yo creo que el hombre, la mujer, el ser humano, el homo sapiens digamos, tiende a tener una visión egocentrista del mundo.
Aha, dijo Federico mientras tomaba una pinta.
D: Por ejemplo recién en el siglo XVI con Copérnico se pudo romper con el geocentrismo. La idea de que nuestro planeta era el centro del sistema solar necesitó varios siglos para ser refutada.
F: Claro, siempre nos creemos el ombligo del mundo.
D: ¡Exacto! Ves como me vas entendiendo.
F: ¿Si, pero que tiene que ver esto con el Nulocentrismo?
D: Esperá, esperá. Bueno, luego en el siglo XIX Darwin con su teoría del origen de las especies logra sacar del centro de la diversidad biológica al homo sapiens. Es decir, que ya no somos un ser superior, separado y por encima del resto de los animales. Sino que somos una especie más, producto de la selección natural.
F: Claro, Darwin y Wallace.
D: Por supuesto, no hay que olvidarse de Wallace.
F: Ok, entonces vos lo que estás tratando de decir es que el pensamiento humano se encuentra limitado por su visión antropocéntrica del mundo.
D: Si, algo así digamos. Es decir que la humanidad ha debido luchar durante siglos contra esa tendencia ombliguista para poder llegar a descubrir algunas verdades. Siempre que se hace un gran descubrimiento tiene que ver con que logró despegarse de alguna visión antropocéntrica digamos. Algo así.
Ahhh, balbuceó Federico mientras comía unos maníes.
D: Por eso es importante ejercitarse diariamente para no caer en la tentación del centralismo.
F: Ah bueno, venías más o menos bien y te fuiste al carajo. Ya pedí una pizza, porque aunque venga cuadrada va a tener un centro también.
Y bueh, dijo Daniel mientras terminaba una ipa.
F: ¿Y qué me decís del universo? ¿Tiene un centro?
D: Bueno, al universo como está expandiéndose constantemente es más difícil encontrarle un centro. Además ahora se está hablando de que existen varios universos paralelos. Se habla de un multiverso.
F: Si, multiverso es lo que estás haciendo vos jaja.
D: No, no. Ya vas a ver. Algún día voy a redondear la teoría y la voy a publicar. En forma de ensayo o lo que sea.
F: Mmmsi, suena interesante. Me parece que le falta mucho todavía.
D: Si, puede ser.
F: ¿Y con lo artístico? ¿Tiene algo que ver? Viste que a veces el arte influye en la filosofía o viceversa.
D: Bueno justamente ayer estaba pensando en eso. Creo que el ser humano debería aprender a estudiar o investigar un tema con la mirada que a veces tienen algunos artistas.
F: ¿Qué mirada?
D: Por ejemplo, viste que en la mayoría de los cuadros sobre batallas el pintor se sitúa como en el medio de la batalla. Como es el caso de “La libertad guiando al pueblo” de Delacroix, ponele. Pero yo creo que habría que practicar más una mirada como la del pintor Cándido López. Sus batallas parecen pintadas desde una gran colina inexistente, o como si fuera un pájaro sobrevolando el campo de batalla o como si fuera un Dios, o algo así.
F: Ah, que interesante. Si. Cómo si se despegara del objeto a describir. Eso me recuerda al principio de incertidumbre de Heisenberg. Si observamos un objeto ya lo estamos alterando y por lo tanto no podemos conocer todas sus características naturales.
D: Claro, exacto. ¿Ves cómo se relaciona todo con el nulocentrismo? La intervención del hombre altera todo. Necesitamos apartar al hombre del centro.
F: Bueh, te estás transformando en un fundamentalista del nulocentrismo jaja.
D: Volviendo al tema de las pinturas. También pasa algo parecido con los marcos de los cuadros.
F: ¿Los marcos? ¿Qué tienen que ver? ¿Tomaste mucho?
D: No. Por ejemplo los pintores abstractos argentinos fueron los primeros en realizar obras visuales con marcos en forma de polígonos irregulares. O sea, sin marcos cuadrados o rectangulares.
F: Ah, mirá.
D: Dónde es más difícil encontrar su centro, claro.
F: Claro. Igual, te estás desviando de la idea central me parece.
D: ¿Central? ¿Me estás cargando? ¡Ni la nombres a esa palabra!
F: Ah bueno… juajajj. ¿Qué, sos de Newells acaso?
D: ¿De qué te reís? Es algo muy serio lo que estoy diciendo. La filosofía no es moco de pavo. ¿Que hubiera sido de la humanidad si hubiera prevalecido el pensamiento de Pascal en lugar del de Descartes?
F: Ni idea.
D: Si, si no hubiera prosperado el mecanicismo de Descartes por ejemplo.
F: No sé.
D: ¿Qué hubiera pasado luego en el siglo XIX si hubiera prevalecido la escuela filosófica alemana en lugar de la francesa?
F: ¿Si no hubiera prosperado el positivismo decís? Ni idea. No soy futurólogo. ¿Estaríamos en un mundo más humano? ¿Más sensible acaso?
D: Como te decía, no hay que menospreciar a la filosofía.
F: Nooo, por favor. Tampoco menospreciemos a esta hermosa y circular pizza.
D: Dale, seguí jodiendo.
Federico masculló unas palabras inentendibles mientras comía una porción de muzza.
Mmm, está rica dijo Daniel mientras saboreaba su porción.
F: Volviendo al tema del arte. Eso que decís de la mirada que sobrevuela una escena creo que se puede apreciar en algunas obras de El Bosco, por ejemplo en “El jardín de las delicias”.
D: Si, claro. Puede ser. Algo así.
F: Y volviendo al arte abstracto. No sólo en los marcos se puede observar una “descentralización” digamos. Pienso que en los expresionistas abstractos por ejemplo, los trazos y manchas muchas veces no tienen una composición central como en algunos cuadros figurativos. Digamos que esos trazos a veces impulsivos dan una sensación de ser parte de un cuadro ilimitado. Algo así como si el marco estuviera delimitando algo más grande. Un macrocosmos o un microcosmos incluso.
D: Claro, si. Buena, observación.
F: ¿Y con lo político tiene alguna relación? Viste que la filosofía a veces influye en la política y viceversa…
D: Si, claro. Bueno ahora se está hablando de democracia participativa. De descentralización. De delegar poder a los municipios, a las ciudades, a las regiones, a las comunas, al ciudadano. En las democracias más avanzadas se está tratando de dejar el centralismo, de acercarse a los problemas de la gente. En fin, de descentralizar.
F: Claro, es verdad. ¿Aunque en muchos lugares suena muy utópico no?
D: Si, claro. Seguramente.
F: Mmm, lo tenés bastante pensado al tema.
D: Si, bastante.
Bueno es hora de ir pagando la cuenta me parece, dijo Federico tapándose con la mano un bostezo.
D: Si, dale. Che, volviendo al arte. Sabés que hace tiempo que tengo una idea que en cualquier momento voy a concretar…
F: ¿Cuál?
D: Mi idea es hacer una serie de cuadros con marcos poligonales móviles, plegables. La obra estaría compuesta por planchas de acetato de colores que estarían conectadas entre sí y a los distintos lados del marco móvil. Entonces uno al mover y plegar el marco automáticamente también movería las planchas y por lo tanto estaría creando una obra móvil, variable y sin un centro fijo.
F: Ah, genial. Muy interesante.
D: Bueno, dejemos la propina y vámonos.
F: Dale. Che, estoy en auto. ¿Te alcanzo? ¿A dónde vas?
D: Al centro.


Diego Gallotti
27/4/18

domingo, 4 de marzo de 2018

Finalista

Mis poemas "Escondida" y "Reiniciado" fueron seleccionados para el XXIII Certamen Internacional de Poesía y Cuento organizado por el "Grupo de Escritores Argentinos".

martes, 2 de enero de 2018

Mi tatarabuelo, héroe de la independencia

Mijito, ahora que cumpliste doce años te voy a contar la historia que mi abuelo Eustaquio me relató cuando yo tenía tu misma edad. El relato es sobre su actuación en la heroica batalla de Tucumán. Una batalla que según dicen los expertos fue crucial para nuestra independencia nacional y para la de varios países de Sudamérica.
Recuerdo la historia como si me la hubiera contado hoy, y eso que ya pasaron casi ochenta años. Te la voy a contar para que luego vos se la cuentes a tu nieto, pues me prometí que tal espectacular y apasionante historia debería traspasarse de boca en boca, de generación en generación y quién sabe, quizás algún día escribirse o filmarse.
Mi abuelo, es decir tu tatarabuelo Eustaquio, era un hombre alto, enjuto pero fuerte. Recuerdo que me contó la historia un domingo de verano que lo habíamos ido a visitar a su quinta mientras preparaba un asado a la parrilla. Lo hizo, acomodando los chinchulines acá y allá, pinchando los chorizos para desgrasarlos y distribuyendo las brasas con maestría, como quien disfruta y tiene experiencia en lo que hace.
Era un hombre parco, de pocas palabras. Por eso quizás recuerde el relato tan vívidamente, porque nunca me habló tanto como en ese día. Recientemente había cumplido noventa años y lo habían condecorado con una medalla por su actuación en la decisiva batalla de Tucumán. Para esa época, noventa años eran muchos, la gente moría más joven. Ya quedaban pocos soldados que hubieran luchado en esa victoriosa batalla, sino es que era el último.
Muchos malevos le seguían teniendo miedo a pesar de su edad. Decían que tenía un pacto con el diablo y que la única manera de matarlo era clavándole una daga de plata en medio del pecho. El no les daba importancia a esas habladurías, pero al mismo tiempo le gustaba seguirles el juego, y respondía misteriosa y crípticamente.
Tenía un aspecto hosco y bravío y en sus antebrazos se podía leer un intrincado mapa confeccionado por cicatrices de guerra. Dicen que el torso lo tenía lleno de cicatrices de lanza, bayoneta y bala pero nunca se las vi, siempre lo vi con camisa. Vestía con bombacha gaucha, faja, facón y tenía el pelo y la barba largos, tupidos y blancos.
Recuerdo que ese día le pregunté por la medalla y fue la única vez que lo vi sonreír en mi vida. Fue una sonrisa rara. Sonrió sólo con los ojos y acto seguido me pareció entrever como una mueca de tristeza. Luego lenta y pausadamente comenzó su relato. Que paso a reproducírtelo tal cual como fue:
Mijito, ya cumpliste 12 años, creo que ya es tiempo de que te cuente la historia por la que me dieron la medalla.
Corría el año 1812 y yo participaba del ejército del norte. Veníamos desde Jujuy bajando hacia Tucumán bajo las órdenes del General Manuel Belgrano. El ejército venía muy lastimado, derrotado de la batalla del Desaguadero. Estábamos cansados, hambrientos, con la moral baja y para colmo teníamos al ejército español del General Tristán pisándonos los talones.
El General Belgrano a fuerza de trabajo y ejemplo, ya se había ganado el respeto de todos. Hasta de aquellos oficiales que al principio desconfiaban del abogadito de Buenos Aires. Y en días posteriores demostraría que para esa altura, ya era un experto militar.
Nunca lo vi flaquear, ni retroceder. Una vez que tomaba una decisión, arremetía feroz. No lo amedrentaban ni los godos, ni las viles y cobardes órdenes de replegarse que le enviaban desde de Buenos Aires.
Eran momentos de grandes decisiones y Belgrano tomó una muy importante. Nuestro ejército llegó a la casa de Yatasto y giramos a la izquierda por el viejo camino carretero "Burruyacu", el que se dirige a Santiago del Estero. Pero luego de pasar por el poblado de Burruyacu, nuestro general ordenó que nos detengamos en La Encrucijada, inmediato a La Ramada, cerca de Tucumán. Se reunió con Juan Ramón Balcarce, un hombre de tal carisma que podía hablarle a las piedras y convencerlas para que se uniesen al ejército y le dio las más amplias facultades e instrucciones para sumar soldados y  armas al ejército y arengar a los vecinos de Tucumán para la defensa. Pero no hizo falta su capacidad de entusiasmar, los tucumanos ya estaban muy decididos a defender a su tierra y a sus familias.
Belgrano advierte la férrea convicción de los tucumanos y el hito histórico que implicaba quedarse. Convencido, decide entrar a la ciudad y nos ordena organizar febrilmente la defensa y preparar a la tropa para lo que se venía.
Tristán, confiado en que huíamos hacia Córdoba por el camino que habíamos tomado, no se esperaba la sorpresa y se demoró unos días en Metán. Cosa que aprovechamos para adiestrar mejor a los recién llegados.
Nuestro general, ordenó fosear las bocacalles de la plaza y colocar la artillería. Mientras tanto llegaban refuerzos desde Catamarca y Santiago. Llegaban contingentes pequeños pero valientes, con ellos se formaron los cuerpos de caballería llamados los "Decididos". No había suficientes provisiones, ni armas, ni uniformes para todos, pero se los adiestraba diariamente. Muchos tuvieron que improvisar sus lanzas con cuchillos enastados en tacuaras, pero a ningún gaucho le faltó su facón en la cintura o sus boleadoras, lazo y guardamonte.
El ejército español dejó Metán y avanzaba desprevenido por el camino de la posta hacia Tucumán.
Para esa época yo era Sargento y bajo las órdenes del capitán Esteban Figueroa, me tocó integrar una partida para hostigar a la vanguardia española que nos venía molestando desde hace días. Junto con mi amigo el cabo Savino y los gauchos a nuestro mando apresamos al Coronel Huici, el perseguidor más porfiado del ejército enemigo. Este malandra, había llegado al pueblo de Trancas y adelantándose con dos más desmontaron frente a una casa. Y fue ahí que nuestro baqueano el chino Suarez, escondido desde un pajonal los divisó. Enseguida les caímos al humo como endemoniados, los hicimos volver a montar y cuándo ya estaban llegando el resto de los españoles, nos escapamos volando con nuestros pintos.
Imaginate la alegría de nuestros compañeros cuando nos vieron llegar con estos sátrapas. La moral subió de nuevo, estaban contentísimos. Todos festejamos. ¡Vaya sorpresa para los españoles!
Otras de las sorpresas fueron el vacío y el silencio que hallaron los españoles en todo el camino. Y ni hablar de las partidas criollas que desde todos los flancos los hostigábamos noche y día. El 23 de septiembre los españoles llegaron a Los Nogales y Tristán tuvo la máxima sorpresa: nuestro ejército con Belgrano a la cabeza lo estaba esperando listo para la batalla.
El 24 de septiembre a la mañana, Tristán y su ejército marchan hacia la ciudad. Al llegar a Los Pocitos, nuestro temerario oficial de Dragones, Don Gregorio Aráoz de Lamadrid, se adelantó con algunos de sus soldados y prendió fuego los campos del frente. Supieron aprovechar bien el viento del sur, pues el fuego les llegó a los enemigos a través de terroríficas llamaradas. Los españoles se desordenaron chamuscados y doblaron hacia el oeste hasta dar con el camino del Perú por donde siguieron. Pasando una legua la ciudad de Tucumán se detuvieron y le dieron el frente al Manantial.
Nuestro ejército daba frente al norte y contramarchamos para situarnos temerariamente en el Campo de las Carreras, muy cerca y de cara al enemigo. Eso sí que no se lo esperaban.
Los españoles eran cerca de cuatro mil y nosotros cerca de dos mil. Nos duplicaban en número, sin embargo estábamos ahí, bramándoles en la cara.
Nuestras gloriosas tropas de caballería cubrían las alas del ejército, estando la de la derecha mandada por Juan Ramón Balcarce, apoyada por una sección de Dragones y la caballería gaucha de los tucumanos (una de las más entusiastas y combativas).
La batalla fue infernal, casi indescriptible. La izquierda y el centro enemigos fueron arrollados formidablemente. Nuestra izquierda fue rechazada y perdió terreno en desorden. La confusión era tal que el comandante Superí fue prisionero por una partida enemiga que luego tuvo que ceder a otra nuestra que la batió y lo recuperó. Los españoles debido al diferente resultado del combate en sus dos alas se vio fraccionado y hubo una total confusión.
Y para colmo, en medio de tal batahola pasó algo totalmente inesperado que nos ayudó como por obra del Señor. Como un presagio bíblico en mitad de la batalla nos sorprendió un ventarrón infernal que soplaba desde el sur. De pronto se escuchó un ruido espantoso, horroroso, producido por el vendaval que golpeaba en los bosques de la sierra y en los montes y en los árboles que nos rodeaban. Una polvareda gigantesca cubrió el cielo y lo que más consternó al enemigo del Alto Perú que nunca habían experimentado algo así fue que una gran manga de langostas tapó el sol y parecía que se acababa el mundo. Era el holocausto. Millares de langostas hambrientas, escapando del fuerte viento se largaban en picada hacia la tierra y hacían fuertes y secos impactos en el pecho y en la cara de los combatientes. Hasta nosotros mismos que conocíamos el fenómeno, al sentir esos golpes nos creíamos heridos de bala. Imaginate el espanto de los alto peruanos al sentir en sus cuerpos tal cantidad de "balazos" que no eran más que langostazos. Estaban aterrorizados. Ese día hasta las langostas fueron patriotas. Dicho esto, me pareció adivinarle otra media sonrisa a mi abuelo, pero no estoy seguro porque mientras me relataba la historia, hacía un sinfín de ademanes y gestos que por momentos le tapaban el rostro escondido entre la abundante pelambre.
Hizo una pequeña pausa y prosiguió:
En la batalla, yo integré la caballería gaucha del ala derecha, que fue bastante decisiva para el resultado final. Aquel día, los gauchos sacamos fuerza desde la mismísima tierra que nos parió y avanzamos como desaforados,  como poseídos por mandinga y atropellamos al enemigo en una tromba de rabia irrefrenable. Con las lanzas en ristre, a toda furia y dando alaridos como indios salvajes cargamos sobre los españoles. Nada, ni nadie se nos pudo oponer. La caballería enemiga de Tarija, al vernos llegar como fantasmas encolerizados, se asustaron y huyeron atemorizados. Ni la infantería española nos pudo contener, los pasamos por arriba como alambre caído y cuando se dieron cuenta, nos tenían en la retaguardia. Atravesamos al ejército español de parte a parte como a un queso. Llegamos hasta el fondo, hasta donde estaban los equipajes y las mulas cargadas de oro y plata del ejército real. Muchos gauchos ante ese espectáculo, se dispersaron para dedicarse a despojar de las riquezas al enemigo. La caballería gaucha había sido improvisada en pocos días y no había habido tiempo de adiestrarlos debidamente para el combate. Después de cumplir su deber, cuando vieron aquellos tesoros, creyeron que tenían derecho a tomarlos. Y para tomarlos rompieron la formación.  Para ellos era su botín. En fin, la guerra se hizo como pudo.
Pero no todo fue color de rosas, en esa embestida atroz lo hirieron a mi querido Savino. Nunca vi a alguien pelear tan hábil y salvajemente como a él. Era un hombre pequeño, delgado pero con una furia indómita. Sus brazos se movían tan velozmente en el aire que no se los podían ver. Era como un colibrí aleteando en el campo de batalla. Sólo se oía el zumbido fatal del sable cuándo ya era tarde para el enemigo. Era ágil con el caballo como ninguno, podía inclinarse y recoger una flor del campo en pleno galope. Ese día fatal lo vi entreverarse entre los españoles dando mandobles y sablazos a diestra y siniestra. Hasta que se le fueron al humo tres españoles juntos. El primero no tuvo tiempo ni de asestar un golpe, el frío metal del sable de Savino encontró su garganta y la tajeó como si nada. El segundo llegó a tirar un sablazo pero Savino lo esquivó agachándose veloz. El tercero fue fatal, le asestó tal golpe, que le llegó a abrir la panza a nuestro querido cabo. Savino cayó al piso muy mal herido, pero increíblemente lejos de amedrentarse recogió sus tripas, se las acomodó y siguió en carrera. Luego lo perdí de vista entre la polvareda. Mi abuelo relataba el episodio como poseído, haciendo zumbar su propio facón en el aire de una manera increíblemente ágil para su edad. Entre tanta escaramuza un chorizo se deslizó por la parrilla y hábilmente lo ensartó en el aire con la punta del facón al grito de: ¡Huija, no te me desacates!
Hizo una pausa bastante larga y apesadumbrada y finalmente continuó:
El ejército realista al verse sin plata, ni equipaje y en tierra muy hostil, se fue acobardando y a pensar que era mejor retirarse.
Belgrano con otros oficiales fue empujado por el desbande de la caballería santiagueña fuera del campo de batalla hasta cerca del Rincón por Santa Bárbara. Tristán, replegado sobre el Manantial con una columna que salvó trataba de reunir a sus soldados dispersos. Entre tanto, la infantería patriota quedó dueña del campo de batalla pero viéndose sola se replegó sobre la ciudad y entró para acantonarse y preparar la defensa bajo el mando de mi tocayo el coronel Díaz Vélez. El ejército español llegó hasta las goteras de Tucumán donde se quedó como sitiándola. Belgrano acompañado por el coronel Moldes y sus soldados estaba en el Rincón, dónde permanecía sin saber a ciencia cierta el resultado final de la batalla. Finalmente, el General Paz se encuentra con Belgrano, le relata su entrada en la ciudad y lo anoticia de que en ella se hallaba fuerte toda su infantería, con lo cual nuestro querido y gran general sabiendo ya del triunfo de la caballería tucumana vio que la batalla se había decidido a nuestro favor.
Durante esa tarde y el día siguiente hubo una total inacción y perplejidad de parte de Tristán y sus hombres. Seguramente se debió a que se quedaron sin municiones y su tropa estaba acobardada por las partidas de gauchos que andaban por el campo y sus alrededores dedicados a una sistemática limpieza de enemigos sueltos.
Ignorante de las fuerzas que salvara Belgrano, Tristán no sabía qué hacer. Durante la tarde del día 25 el español se convenció de que no tomaría la ciudad, vio que era amenazado de afuera por columnas patriotas que entorno a Belgrano se irían engrosando y se dio por vencido. Esa misma noche emprendió su retirada hacia Salta.
Nosotros festejamos. Ese día hubo fogón y fiesta. Guitarreadas y payadas por doquier. Hasta Savino se escapó de la enfermería para festejar. Esa noche lo vi jugando a los dados sin quejarse. Pero el pobre al día siguiente amaneció muerto, la herida había sido muy aguda.
Bueno mijo, esta es toda la historia, dijo palmeándome el hombro. Con todo lo bueno, lo malo, lo triste y lo alegre que pueda tener. Luego los señores eruditos podrán disertar sobre las estrategias y las tácticas empleadas por ambos bandos y las cuestiones políticas en las que se enmarcó la batalla. Lo que si te puedo decir es que fueron tiempos de mucho sacrificio, pasión y convicción. Luego el país se metió en una larga lucha interna de la que no quise participar. ¡Ahijuna que este país está hecho de claroscuros! De choques y conflictos pero también de una suave y mansa recomposición. De  unión y cooperación. Habrá que saber separar la paja del trigo y parar con tantas pendejadas. Parar con tanta lucha fratricida. Que al mundo no vinimos para pelear entre hermanos sino para aprender y para crecer. Esas fueron las palabras finales del abuelo.
A los pocos meses lo alcanzó la muerte. Fue una muerte repentina, lo abrazó de noche y durmiendo. Lo velamos y cuando besé su semblante vi que por primera vez irradiaba paz.


Diego S. Gallotti

19/12/2014



Publicado por el blog "INDEC que trabaja" en diciembre de 2014

viernes, 1 de diciembre de 2017

El último círculo

Daniel sintió que esa era la noche ideal para bajar al último subsuelo del Palacio Barolo. Hace un año que trabajaba ahí de guía turístico. El palacio estaba plagado de enigmas y misterios que lo atraparon desde chico. Entre las características de este hermoso edificio de Buenos Aires, se destaca que su arquitectura sigue las tres divisiones que se encuentran en el libro la Divina Comedia de Dante Alighieri; el infierno, el purgatorio y el paraíso. Otra particularidad, es que la relación pitagórica que determina el número Pi (3,14) se observa en la división original del acceso mediante los ascensores.
La cultura de la Edad Media era un tema que interesaba a Daniel desde adolescente y mientras cursaba la carrera de Historia en la Facultad de Filosofía y Letras de la U.B.A., pensó que ser guía del palacio era un buen trabajo para costear sus estudios.
Recientemente había cursado las materias Historia Medieval e Historia del Renacimiento y aprovechó para interiorizarse e investigar cada vez más sobre la época en la que vivió Alighieri.
Era 14 de septiembre, aniversario de la muerte del Dante. Daniel terminó de guiar al último grupo de turistas y visitantes por el palacio. Cuándo estaba por cerrar las puertas del edificio decidió bajar de contrabando al último subsuelo. Tomó uno de los dos ascensores ocultos que había descubierto y que estaban vedados tanto para los visitantes como para los empleados del palacio, incluso para el mismo.
Bajó al subsuelo, estaba totalmente oscuro. Prendió el interruptor de la luz y no andaba. En el piso había una linterna, la tomó y comenzó a recorrerlo. Encontró dibujos geométricos en el piso, algunos cuadros sobre la Divina Comedia y el Dante e inscripciones en latín en las paredes. Le llamó la atención un cuadro antiguo que parecía copia del Mapa del infierno realizado por Botticelli. Se detuvo y contempló embelesado los nueve círculos que descienden en espiral. Estaba un poco torcido, así que decidió enderezarlo. Mientras lo acomodaba notó que debajo había una inscripción sobre la pared. Lo descolgó y efectivamente había escritas unas palabras en latín: “O vos, qui intratis, omni spe auferte” (“O vosotros que entráis, abandonad toda esperanza”) rezaba la frase. Era la que había usado el Dante en su gran obra para referirse a los que entraban al infierno.
Debajo de la frase había un compartimiento escondido y empotrado en la pared, lo abrió y encontró una caja de madera hexagonal con incrustaciones de marfil y dibujos geométricos. Abrió la caja y encontró un rollito de pergamino. Lo desenrolló y vio que contenía algunas palabras en latín, italiano antiguo,  una serie de números, combinaciones, coordenadas y símbolos que no  podía comprender.
Estaba realmente muy emocionado. Guardó el rollito en su bolsillo. Volvió a poner la caja en su lugar y se fue corriendo desde el edificio hasta su casa.
Estuvo días tratando de descifrar el pergamino. Había referencias al número Pi, al número áureo, a la secuencia de Fibonacci, lo que parecía una fecha, un horario, una altura y una serie de coordenadas que coincidían con las de Buenos Aires y Montevideo. Finalmente tuvo una corazonada y debía verificarla. Iba a necesitar la ayuda de otra persona, así que decidió contarle parte del plan a su amiga Paula, quien trabajaba de guía junto con él.
Le explicó que por sus trabajos de investigación en la facultad creía haber descubierto un secreto del palacio y que necesitaba su colaboración. Era preciso que para el solsticio de invierno, para el cual faltaban pocos días, ella fuera a Montevideo. En esa ciudad vecina se encuentra el Palacio Salvo, un edificio gemelo al Palacio Barolo de Buenos Aires. Ella debía de alguna manera convencer al guardia para que apuntara el faro del edificio de Montevideo a las 24 hs del comienzo del invierno a las coordenadas exactas que le anotó en un papel. Debía persuadir al guardia apelando a su calidad de guía y a una carta trucha de los administradores del edificio de Buenos Aires, o con su simpatía y carisma o sobornándolo o de la manera que fuese. Pero era imprescindible que así se hiciera. Paula además de ser muy amiga de Daniel era una gran apasionada de la historia del palacio. La aventura le pareció muy interesante así que decidió acceder con gusto.
Llegó el día y la hora indicada. Era una noche clara de luna llena. El se encontraba en uno de los balcones de la cúpula del Barolo, en el anteúltimo piso tal como indicaban la altura y las coordenadas especificadas en el rollito. Faltaban pocos segundos y de pronto vio los destellos de luz provocados por el faro de Montevideo. ¡Paula había logrado su cometido! Estaba muy emocionado. Por alguna rara alquimia un rayo de ese haz de luz rebotó en la cúpula del Congreso y trianguló iluminando el cupulín que estaba justo debajo de su balcón. Ahí debía haber algo escondido, intuyó.
La única manera de acceder al cupulín era bajándose desde el balcón. Se tomó de la baranda con ambos brazos y se fue deslizando lentamente. Estaba algo temeroso, pero esta oportunidad no la iba a dejar pasar. Estiró los brazos y las piernas y con la punta de un pie logró tocar el techo del cupulín. A duras penas y muerto de miedo logró llegar al techo. Justo en el centro del techo vio un compartimiento cilíndrico e intentó desenroscar infructuosamente lo que parecía una tapa. Los bordes estaban pegados por la oxidación y el paso del tiempo. Comenzó a golpear la tapa con la parte de abajo de la palma de su mano. De a poco fue cediendo. Respiró hondo e hizo un último esfuerzo por desenroscar el cilindro. Giró con fuerza y finalmente, embargado por la emoción y todo transpirado logró sacar el cilindro metálico fuera de su compartimento. Adentro había un sobre, lo abrió y encontró cenizas. ¡Seguramente, era uno de los seis sobres con cenizas del Dante! ¡Era un hallazgo sin duda invaluable! Volvió a poner el sobre y el cilindro en su lugar, ya mañana se encargaría de fotografiar, documentar y publicar su descubrimiento.
Se encontraba en cuatro patas sobre el techo del cupulín, dirigió la mirada hacia arriba y un frío agudo le recorrió la nuca. Temblando de miedo se incorporó sobre sus dos piernas para ver mejor lo que le pareció una presencia. Divisó una sombra en uno de los balcones. Una sombra desafiante que le hizo recordar a la figura del Dante, con su perfil tan característico, su nariz aguileña y el mentón prominente como si fueran dos ganchos que  lo apuntaban. También parecía llevar lo que parecía un gorro frigio. Boquiabierto y muerto de miedo, comenzó a perder el equilibrio. Una ráfaga de viento lo hizo tambalear y se dejó caer sobre el cupulín para no caer al vacío. Se agarró con brazos y piernas sobre el techo pero la gravedad lo hacía deslizar lentamente hacia abajo. Intentó aferrarse con más fuerza pero la forma semiesférica del techo no le permitía agarrarse de ningún lado. Finalmente quedó colgando sólo de sus manos de una moldura sobre el final del cupulín. Miró hacia abajo, lo separaban como noventa metros hasta la calle y casi veinte pisos. El viento comenzó a silbar y él creyó escuchar los nueve coros angelicales que representaban el faro.
En ese estado de excitación febril se le cruzó por la mente que tal vez al profanar la cúpula, había profanado el templo dedicado al amor que el Arquitecto Palanti había realizado inspirado en un templo Hindú y que era emblema de la realización de la unión del Dante con su amada Beatrice.
Pero de poco le sirvieron todas estas especulaciones en un momento tan crucial. Fue perdiendo sus fuerzas y finalmente fue cayendo al vacío con lágrimas en los ojos y una extraña sonrisa. Esos pocos segundos de la caída le parecieron una eternidad. Por primera vez y desde una inigualable perspectiva pudo ver metro a metro los cien metros del edificio que representaban los cien cantos de la Divina Comedia. Por primera y última vez pudo contemplar en su plenitud los veintidós pisos que representaban las veintidós estrofas de los versos del gran poeta, hasta que finalmente llegó al último círculo.

Diego Gallotti

12/11/17

Publicado en el blog "INDEC que trabaja" el 14/12/17

Un jugador de toda la cancha

  Carlos “Cachito” Fernández empezó a jugar de chico como arquero. Tenía un don natural, muy buenos reflejos y capacidad para anticipar juga...