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viernes, 16 de abril de 2021

Próximamente se publicará mi nuevo libro

Firmé contrato con la editorial Niña Pez


De la mano de Diego Gallotti y su poemario "114 poemas cósmicos, eróticos y lúdicos", podrás maravillarte ante el misterio y el enigma del cosmos, conmoverte ante la belleza de la naturaleza y a saborear palabras acerca del deseo, del amor y la pasión.


En este libro predomina la brevedad y lo natural, dos características fundamentales para captar los momentos mágicos que se ven reflejados en sus haikus.

 

lunes, 28 de diciembre de 2020

Heladería Perrini

 

Estaba sentado con mi familia y parte de la familia Pereyra en una mesa en la vereda de la heladería Perrini  en Carmelo, Uruguay. Solíamos ir a veranear a Carmelo y ese año nos hospedamos en casa de los Pereyra, amigos de la familia. La heladería quedaba en la plaza principal. Amaba esos helados, desde la presentación en una copa de metal, la gran variedad de sabores, algunos no eran comunes en Buenos Aires, hasta la coronación final con una oblea. Me encantaba observar como el frío del helado iba empañando la copa haciéndola virar del gris plateado al blanquecino granizo.

Era carnaval y estábamos contemplando como las comparsas danzaban alrededor de la plaza. Había música, baile, disfraces, carrozas, luces y colores por doquier.

Yo tendría unos doce años. En un momento algunos nos levantamos de la mesa y bajamos a la calle para observar mejor las comparsas. De pronto un gran auto antiguo y negro pisó la punta de mi pie derecho. Me asusté, pero increíblemente sólo sentí una pequeña molestia, quizás debido a mi pie semiplano. En seguida me senté a descansar del calor húmedo del verano.

Años más tarde me enteré que el heladero Aldo Perrini había sido secuestrado y torturado hasta morir por la dictadura cívico-militar uruguaya. Carlos Pereyra el hijo mayor de los Pereyra también fue secuestrado y torturado pero sigue con vida y militando por los derechos humanos en Uruguay.

 

Diego Gallotti

27/12/20

domingo, 13 de septiembre de 2020

Filadelfia

 

Llegamos a Filadelfia a las cinco de la mañana. Me imaginé que a esa hora al bajar del micro iba a estar fresco. Pero no, hacía un calor insoportable. Lo primero que le dije a Fernando fue:

¡No me quiero imaginar lo que será al mediodía!

Llegamos a una posada. En la habitación había un calor insufrible. Se me ocurrió ducharme y sin secarme me senté en una silla debajo del ventilador de techo para refrescarme. Fernando me imitó. Abrimos la puerta y la ventana de la habitación para que circulara el aire. Cuándo nos recuperamos un poco del golpe de calor, decidimos salir a conocer la colonia menonita. Era domingo. Todo el pueblo concurría a la iglesia. Hablamos con un cura rubio a la entrada del templo. Luego nos dirigimos a una reserva de un pueblo originario de la zona. Fernando quiso sacarles fotos y los nativos le pidieron dinero a cambio.

A la tarde tomamos un remis para visitar una estancia que decían que tenía una pileta donde refrescarnos. El remisero nos contó que por el camino de tierra arcillosa por el que transitábamos a veces se cruzaban carpinchos, pumas, venados y hasta yaguaretés.

Llegamos a la estancia. Nos presentamos a los dueños. Estaban bajo la sombra de un árbol tomando tereré. Nos convidaron unos sorbos. Bajo la mesa había una tortuga enorme. Les preguntamos si podíamos ir a refrescarnos a la pileta. Nos dijeron que si y nos indicaron el camino. Llegamos y la pileta resultó ser un reservorio de agua que habían cavado en la tierra. El calor era agobiante así que decidimos desvestirnos y ponernos la malla. Los pies se nos hundían en el barro. Nos zambullimos y nadamos un rato. Un zorro se acercó a abrevar y una rana nadaba a mi lado.

 

Diego Gallotti

13/9/20

sábado, 12 de septiembre de 2020

Plaza

 

Llegamos a la ciudad de Encarnación muy de noche y no encontramos hospedaje. Decidimos pasar la noche en una plaza y buscar un hotel a la mañana. Hacía calor así que usamos las bolsas de dormir sólo de colchoneta. Las extendimos en dos bancos y nos recostamos. Estuvimos charlando un rato y de pronto nos sobresaltó un estruendoso ruido en la calle desierta. Miramos alrededor pero no vimos nada. La noche estaba muy oscura, cerrada. El ruido se oía cada vez más cercano. De golpe un caballo blanco irrumpió al galope por la calle asfaltada. Parecía desbocado, enojado. Iba sin jinete, fantasmal, resplandeciente. Se alejó relinchando brioso y luminoso, como en un sueño. El ruido estrepitoso de los cascos contra el asfalto se escuchó por unos minutos más, hasta ser sólo un murmullo.

 

Diego Gallotti

12/9/20

Un jugador de toda la cancha

  Carlos “Cachito” Fernández empezó a jugar de chico como arquero. Tenía un don natural, muy buenos reflejos y capacidad para anticipar juga...